En el perÃodo Kofun se refina y desarrolla el culto a los antepasados y las divinidades familiares y cobra forma la mitologÃa cortesana de un linaje dinastico de origen divino. De las tumbas Kofun nos llegan figuras haniwa de sacerdotisas con collares de cuentas y espejos en sus cinturas; existe pues en este perÃodo una evidente asociacion ritual entre las joyas en forna de cuernecillo (magatama), los espejos y las espadas. Sin embargo, estas prácticas locales y farniliares parecen carecer de una clara definición descriptiva. Bajo la influencia del budismo, al que también se conoce como "la VÃa del Buda", tornaron el nombre de Shinto, o VÃa de los Kami. Y al igual que el budismo, el culto vernáculo comenzó a ordenar sus divinidades en una jerarquÃa perfectamente definida y a compilar una mitologÃa propia en crónicas como las Kojiki y Nihon shoki (Shiki).
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El término Shinto expresa la importancia del concepto de kami dentro de la tradición. Los kami son los poderes de la naturaleza y las fuerzas del destino. La relación entre los kami y la naturaleza queda plasmada ya a partir de la introducción, en las Nihongi, del mito de la creación: "Antes de que el cielo y la Tierra fueran creados, existÃa algo comparable a una nube flotando sobre el mar. Nada sujetaba su raÃz. En su seno se formó una cosa que parecÃa un junco tierno cuando acaba de brotar del fango. Entonces, esto se convirtió en un dios" (Kami se traduce por Dios).
A pesar de que los kami no eran fuerzas personalizadas ni fìguras celestiales que juzgaban desde lo alto los asuntos humanos, tanto hombres como mujeres podián solicitar su ayuda o aplacar su ira mediante rituales de diversión y purificación. Se decÃa que sumaban ocho millones pero eran en verdad incontables, ya que cualquier persona, viva o muerta, y cualquier lugar u objeto con cualidades misteriosas o trascendetales podÃa ser considerado y venerado como un kami. SolÃan habitar los cielos, rocas, árboles, cascadas o islas, y esto incluÃa a emperadores y cortesanos, a guerreros y espÃritus temibles. Los sacerdotes y chamanes tenÃan el don de interpretar sus designios.
Al principio casi no hubo necesidad de edificios especiales; probablemente se comenzó adorando a los kami, tanto individual como colectivamente, en espacios abiertos y naturales. En los primeros tiempos, habrÃa bastado con un imponente paraje natural, o con un claro sagrado entre los árboles o las rocas. Más tarde, los jefes de los clanes comenzarón a adorarlos en sus palacios o en santuarios especialrnente dedicados. Hacia finales del siglo VI, surgÃan las primeras familias sacerdotales como los Nakatomi. Por fin aparecieron los templos, pero su emplazamienco natural continuó siendo de vital importancia. Hoy en dÃa podemos encontrar los tanto en los callejones de bulliciosas urbes como en el campo y las montañas; algunos, como el de Miyajima en el Mar Interior, cuentan con una ubicación espectacular. No obstante, incluso aquellos que no gozan de un noble emplazamiento natural suelen contar con algunos árboles y rocas. En cuanto a los kami, éstos no siempre está presentes en los templos: vienen como visitantes cuando se les llama mediante plegarias y ofrendas. El santuario solÃa incluir un receptáculo o shintai (literalmente, "cuerpo del Kami") que a menudo era un espejo a través del cual éste pudiera penetrar en el recinto sagrado. Ya desde la antigüedad se señalaban los santuarios mediante portales o torii. Se pensaba además que las rocas o árboles altos eran buenos conductores (yorishiro), capaces de atraer al kami hasta el recinto. En ocasiones, en lugar de cualquier tipo de edificación, hace de shintai una cascada o una isla.
Los prirneros pasos del shintoÃsmo están fuertemente teñidos de ideologÃa polÃtica y esto se traduce en las afirmaciones de las Kojiki y Nihon Shoki acerca del linaje divino de Yamato como única y legÃtima casa gobernante del paÃs. Las Kojiki (unas crónicas japonesas muy antiguas) pueden leerse como una clasificación de los numerosos kami, con la Diosa del Sol y sus progenitores, Izanagi e Izanami, en la cima cosmológica y el linaje imperial descendiendo de ellos. Según la mitologÃa, los hermanos divinos Izanagi e Izanami dieron a luz la islas de Japón y a una serie de dioses. Izanami murió al dar a luz al dios del fuego e Izanagi intento seguirla, al modo órfico, hasta el reino de los muertos aunque el olor a putrefacción le cerro el paso. Entonces tras purificarse en un arroyo, dio a luz a otros dioses, de los cuales los más importantes fueron Amaterasu, Diosa del Sol, y su hermano Susa-no-ö, el Dios de las Tormentas. Pero Susa-no-ö, que resulto ser un espÃritu indocil, ofendÃo a su hermana dañando sus campos de arroz y defecando en su palacio, asà que esta se retiró a una caverna y dejo al mundo sumido en tinieblas. Las divinidades restantes la disuadieron de su encierro mediante una danza impúdica , mientras que Susa-no-ö fue desterrado a Izumo, donde dio origen a una estirpe de gobernantes que lucharon contra los descendientes de la Diosa del Sol hasta su eventual derrota a manos de Yamato.
A la par que los mitos , que clasificaban y jerarquizaban a los distintos Kami , caciques Yamato hicieron lo propio con los jefes locales en quienes se apoyaron para extender su poder, y con los Kami de éstos que hubieron de conformarse con posiciones subordinadas. De acuerdo con la mitologìa Shinto, los soberanos de Japón descienden de Amaterasu Ömikami, la Diosa del Sol y divinidad suprema del panteón shintoÃsta. Los textos más antiguos intentan dejar claro esta descendencia :"Entoces llamó ante su presencia a su Augusto nieto y le dijo: Esta tierra, noble llanura de cañas, de arroz y de espigas, de 1500 otoños, es la región sobre la que mis descendientes reinarán. ¡Ve, pues , o mi Augusto nieto, y gobiernala! ¡Ve!, y que la prosperidad sea tu con dinastÃa y que ésta, como el cielo y la Tierra, por siempre jamas ´´(Nihongi). Ninigi, el nieto de la Diosa del sol, bajó a la tierra en el sur de Kyushu, trayendo consigo los tres atributos sagrados: el espejo (de claro simbolo solar), una espada magica que el Dios de la Tormenta Susa-no-ö habÃa encontrado en el estómago de una serpiente de ocho cabezas y una joya en forma de cuernecillo (magatama). El nieto de Ninigi se abrió paso hacia el este, hasta Yamato donde ascendio al trono en el 660 a.c. como Jimmu, su primer emperador y fundador de la linea imperial. Los descendientes de Jimmu acabaron venciendo a los gobernantes de Izumo y otras regiones, sometiendo a sus dioses al control de Llamato aunque se les permitio continuar venerando a Susa-no-ö en el gran templo de Izumo.
Como es natural, el Kami del sol era objeto de una especial devoción por parte de la corte Yamato. Se dice que el gran templo de Ise, dedicado a Amaterasu, data de finales del siglo V d.C. (año 478, reinado de Yüryaku). Desde tiempos remotos se estableció la tradición de renovar el santuario cada veinte años mediante una cuidadosa y fiel reconstrucción. Por su parte, las gentes de Izumo adoraban a Susa-no-ö y Ökuninushi en lo que aún sobrevive como el Gran Templo de Izumo, en la prefectura Shimane. Otros uji tenian sus propias divinidades y -como los Yamato - los mas poderosos solÃan proclamar una ascendencia divina. La familia Nakatomi, por ejemplo, que posteriormente se llamo Fugiwara, rastreó su ascendencia remontandose a la era de los dioses. Entre las grandes ceremonias cortesanas estaban la Kimensai, festividad primaveral de la siembra del segundo mes, y la Niinamensai, festividad en agradecimiento por la cosecha. El control ritual de estas festividades a manos del reino y de la dinastia reinante contribuyó a fortalecer los aspectos sacros y rituales del incipiente poder imperial. Surgieron dentro de la corte hegemonÃas polÃticas y sacerdotales. La voz primitiva para designar al gobierno o liderazgo era Matsurigoto, que tiene asimismo connotacion de ritual. De todas maneras no debemos pensar que el Shinto, o el acceso a los Kami, fueran prerrogativas exclusivas de la corte Yamato o de los uji más poderosos. Los obicuos kami podian encontrarse, y ser venerados, en el más sencillo de los parajes naturales: un soto de arboles altos, una roca erosionada, un manantial de agua clara.
Como es sabido, el ShintoÃsmo primigenio no contaba con una filosofia elaborada ni con un sistema metafÃsico. Hasta su penetración por el budismo, carecia asimismo de textos, preocupaciones éticas y tradición artÃstica establecida. Su visión del mundo era positiva y optimista, mas ocupada en el aqui y ahora que en salvaciones remotas o distantes eternidades. Se destacaban las afinidades entre hombres, bestias y Kami. Existia un profundo sentimiento de reverencia por la naturaleza y un gran respeto por los sencillos materiales, procesos y formas "naturales". El universo natural era de por sà bueno y ético, y la condición humana dependiá de la armonÃa entre las fuerzas de la naturaleza. Se identificaba al bien con la armonia y la pureza naturales, al mal con la impureza. Pronto el concepto de Makoto -sinceridad o pureza de espÃritu y accion- se erigió como virtud primordial. Los templos no eran tan solo lugares para la ceremonia y la oración; tambien se convirtieron en centros de danza, diversiones lucha sumo, carreras de caballos y certamenes de arqueria para satisfacer a los dioses. La impureza o la interferencia con el rÃtmico fluir de la naturaleza eran consideradas destructivas y pecaminosas. En el rito de Izanagi en el reino de las tinieblas, yomo no kuni, se habla del horror de la contaminación, de la muerte y la sangre. El crimen mas execrable que referÃa la mitologÃa antigua era el de el disculo Susa-no-ö, que habÃa profanado un recinto de pureza y derribado las demarcaciones entre las parcelas de arroz.
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